Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... En cambio, si una madre exclama "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: "¡Qué monos son... cuando duermen!"
Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.
Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.
Tu hijo es generoso
Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!
Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.
Tu hijo es desinteresado
Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?
La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?
El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.
Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?
Tu hijo es valiente
Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.
Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.
Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.
Tu hijo sabe perdonar
Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos...
Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento".
No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.
Tu hijo sabe ceder
Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.
Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis.
Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.
Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.
Tu hijo es sincero
¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?"
Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.
Tu hijo es un buen hermano
Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.
Tu hijo no tiene prejuicios
Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.
Tu hijo es comprensivo
Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.
Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.
La semilla del bien
Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.
Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.
Dr. Carlos González, pediatra
Extractado de Bésame mucho
Volver al inicio
Queremos ser padres?
La Sociedad de los hijos huérfanos, reflexiona sobre un fenómeno actual: el abandono por parte de madres y padres de los roles que les competen en la educación de los hijos.
Aquí, el autor se pregunta cómo ejercer una paternidad nutricia
¿Estamos obligados a ser padres y madres? Es requisito necesario de la condición de varón o de mujer? Durante siglos nadie se hubiera atrevido a hacerse la pregunta. Ante el credo incuestionable de la familia como célula básica de la sociedad, el interrogante era contra natura. El matrimonio (y su consecuencia inmediata e inevitable, la familia, tal como fue originalmente concebida en nuestra cultura) nació para ordenar las filiaciones y las herencias. Sin una convicción colectivamente pactada que permitiera saber quién era el padre de los niños que nacían y dónde irían a parar los bienes de las personas que morían; la humanidad acaso no habría sobrevivido? Se hubiera fagocitado a si misma hace largo tiempo en sangrientas disputas. La familia tuvo inicialmente , pues, una razón inmunológica y ordenada y la cumplió a la perfección. A esta función básica se le sumaron, la de transmitir hábitos, creencias, mandatos, tradiciones. Para el cumplimiento de estas asignaciones eran importantes ciertos acuerdos, la creación de una base de acatamiento (“honraras a tu padre y a tu madre, etc.”) y la conformación de una atmosfera que permitiera convivir los unos con los otros, así como manifestar el afecto que nace de la coexistencia para un fin común. Aunque toda la familia nacía a partir de dos individuos fundadores, en esta concepción jamás los individuos fueron más importantes que el grupo. En la familia se elegían y se decidían los destinos personales de todos sus miembros e incluso las mismas familias llegaron a ser grupos especializados (artesanos, agricultores, comerciantes, profesionales).
El amor no era un ingrediente fundamental en este cocido. Los hijos querían a sus padres porque eran sus padres y los padres querían a sus hijos porque eran sus hijos. Y esto no se discutía ni había que darle muchas vueltas. De un hombre se requería capacidad de trabajo, de provisión y de cumplimiento con sus obligaciones. De una mujer abnegación para la crianza, para la nutrición y para las tareas domesticas. Cumplidos estos requisitos se los consideraba aptos para iniciar la tarea. Luego seguirían sus hijos y así hasta el infinito. Apenas si la muerte se permitía proponer recambios en lo electos. El amor individualizado, la pasión, la elección del sujeto amoroso y otras pulsiones amenazantes se exiliaban en los relatos románticos, en las leyendas, en la literatura, en la poesía, en la mitología, en el teatro. Ahí aparecían seres extraordinarios amándose (y sufriendo por amor) de una manera también extraordinaria. Los hombres y las mujeres comunes simplemente construían sus familias y las llevaban adelante hacendosamente y obedientemente. Ser padre y ser madre era una obligación partir de cierta edad. Un mandato social, familiar e ideológico del que solo era posible liberarse a cambio de entregar la propia vida a una causa más alta que aquel (causa generalmente religiosa) la transgresión en otras condiciones equivalía a exclusión.
Nacimiento del individuo: Llevo varias centurias y hubo que avanzar bastante en el siglo XX para que se instalara la noción de individuo y para que esta designara a una entidad autónoma, única, irrepetible, inédita y respetable. De hecho, la Convención Universal de los Derechos Humanos (una elevada síntesis de esa concepción) apenas fue consagrada en 1948. Cuanto más emergió el individuo de aquel magma familiar, más nitidez y fuerza cobraron valores y sentimientos como el amor. Este dejo de ser una abstracción mística sin sujeto, para encarnar, en cambio, en seres concretos y para convertirse en una construcción, producto de la interacción entre individuos reales. Las personas comenzaron a percibirse ya desearse como tales, y a elegirse partir del registro del otro como alguien puntual y especifico. Ya no solo eran obedientes y mecánicas ejecutoras de un mandato y de un modelo a cuya concepción inicial habían estado ajenos, sino que ahora también les cabía preguntarse para que se elegían y, en la exploración de la respuesta, desarrollaban proyectos propios, nacidos a menudo de pasiones compartidas.
Este proceso, rápidamente esbozado aquí, llevo aparejado el cuestionamiento de los estereotipos de género (hombre=productor, proveedor, protector, potente; mujer=criadora, alimentadora, receptora, educadora), y provoco la revolución sexual de los años 60, los movimientos de liberación femenina, nuevas interacciones de pareja y, por fin, la crisis del modelo familiar único e indiscutido que había prevalecido hasta ahí. Hoy la palabra familia evoca en cada persona una experiencia propia.
(…) Todas estas conformaciones no dejan de ser células básicas de la sociedad, en la medida en que la reflejan, en que dan cuenta de sus transformaciones. Así como en cada pequeño trozo de un holograma vemos la figura completa, en cada expresión familiar tenemos el cuadro de la sociedad contemporánea. Si queremos comprenderla y explicarla es imposible prescindir de cualquiera de esas piezas. En todo caso sería deseable que pudiéramos coincidir en un punto: la aspiración a que una familia sea, antes que nada, un lugar de respeto, de estimulo para el desarrollo de las mejores cualidades de cada quien, en un encuentro enriquecedor de diferencias, un lugar en el que cada cual se ve honrado por lo que es, un espacio en el cual nacer, transcurrir y morir habiendo encontrado un sentido a la experiencia, una escuela de amor hecho verbo.
“La familia venidera debe reinventarse una vez más”. Con estas palabras finaliza Elisabeth Roudinesco, historiadora francesa del psicoanálisis, su apasionante trabajo: La familia en desorden. Antes recuerda que la familia es siempre una construcción humana, en la que se asocian un hecho de la naturaleza, como es la reproducción biológica, con sus sucesos culturales, como son la alianza de dos personas, (en principio un hombre y una mujer) para garantizar la transmisión de patrimonio, conocimientos, mandatos, actitudes, filiaciones. En todas las sociedades y en todas las culturas, marca Roudinesco, “los hombres, las mujeres y los niños de todas las edades, todas las orientaciones sexuales y todas las condiciones, la maman, la sueñan, y la desean (a la familia)”. Por esto, insiste, no deberían temer quienes tiemblan ante su posible destrucción o disolución. Tampoco los pesimistas que avizoran una civilización devastada “por barbaros bisexuales, clones, delincuentes suburbanos , padres extraviados, y madres vagabundas.”. En que se asienta la convicción de la investigadora? Entre muchos y detallados argumentos, en su observación de que la familia es el único valor seguro al que nadie quiere renunciar y en que, con sus complejas características, “la familia contemporánea se comporta bastante bien y asegura correctamente la reproducción de las generaciones”. Una de las particularidades salientes que Roudinesco observa hoy en la familia es que “ se ha convertido en un modo de conyugalidad efectiva mediante el cual los esposos – que a veces deciden no ser padre- se protegen de las eventuales perfidias de sus familias respectivas o de los desordenes del mundo externo”.
Familias de Dos (….) Todos los hijos son elegidos. Algunos desde el amor y la responsabilidad consciente. Otros desde el descuido, desde la de la desidia, desde la manipulación (para “enganchar” a alguien en un vinculo o para evitar que ese vinculo se derrumbe), desde el egoísmo (el de quienes quieren un hijo para atender una veleidad personal, pero lo quieren , por ejemplo, sin padre) o desde la mas absoluta negligencia (“que se cuide ella”). No hay forma de no elegir, ni en este ni en cualquier aspecto de la vida. Solo los animales ignoran el sentido de sus actos, los ejecutan de manera repetitiva y con un fin puntual de supervivencia y perpetuación, como dice la logoterapeuta alemana Elisabeth Lukas (discípula y sucesora de Viktor Frankl) en paz vital, plenitud y placer de de vivir. Los seres humanos somos humanos por nuestra dimensión espiritual, que incluye en nuestros actos la noción y la necesidad de sentido. Si anestesiamos este espacio del ser, la vida se convierte en un absurdo y de ese absurdo nace la angustia. Estamos afortunadamente atrapados en las redes de la consciencia y, aunque apaguemos su luz, nunca podremos eliminar lo que esta ilumina cuando se enciende. Somos libres porque elegimos, y elegimos aunque nos neguemos a aceptarlo y prefiramos transferir la responsabilidad. Sin embargo, la responsabilidad es siempre intransferible. No hay acto humano que no sea una elección: aun cuando seamos víctimas de catástrofes naturales o de accidentes ajenos a nuestra voluntad, o nos atormente la acción destructiva de humanos, nuestra respuesta a esos hechos es siempre una elección. Allí reside nuestra libertad inalienable, la verdadera. Y, como quería Jean Paul Sastre, somos prisioneros de nuestra libertad.
La semilla y el árbol. De manera que cuando se tiene un hijo es porque se lo elige. También, en definitiva, se elige no tenerlo, porque si bien muchas veces hay imposibilidades orgánicas ajenas a la voluntad que se interponen ante el deseo de tener un hijo, la adopción es un camino absolutamente valida, posible y responsable hacia la paternidad o la maternidad. No adoptar es, en esos casos, y desde la perspectiva que planteo, una manera de elegir.
Si, en definitiva, todo hijo es elegido, se nos plantea con fuerza ineludible el sentido de la función parental. Los hijos no vienen a este mundo a satisfacer a los padres, ni a cumplir deseos frustrados o postergados de estos, ni a ser aplicados actores de guiones ajenos, ni a convertirse en instrumentos funcionales de competencias o rivalidades que sus progenitores dirimen con quien fuere que lo hicieren, ni a ser compañeros de aventuras de sus papas y mamas, ni a dar lustre a un apellido o continuidad a una costumbre familiar.
Los hijos vienen a cumplir propósito único e intransferible, a desarrollar una vida propia, a convertir en actos las potencialidades que se encierran en su ser. Se dice que en la semilla esta el árbol y que esa semilla solo necesita un suelo fértil, riego y paciencia. En ella está todo lo que el árbol será si cumple su ciclo evolutivo. Los arboles que son los hijos necesitan no ser desvirtuados , ser atendidos, necesitan tutoría para crecer. Ni ser dejados al azar para que los destruya la primera tormenta, ni ser podados al punto de que la poda sea una mutilación. Como jardineros, los padres son responsables de atender el desarrollo de la semilla que eligieron plantar y esa responsabilidad entraña estar presentes y activos en las sequias, en las granizadas, en las lluvias, bajo el sol inclemente y bajo el sol cálido y nutricio, en las cuatro estaciones, hasta que el fruto alcance su forma. Según las celebres palabras del gran poeta libanes Gibran Jalil Gibran, que viene al caso citar una vez más, “podréis albergar sus cuerpos, pero no sus almas/porque sus almas moran en la casa del mañana, que no/ podéis visitar ni siquiera en sueños./ Podréis, si mucho, pareceros a ellos; mas no tratéis/ de hacerlos semejantes a vosotros./porque la vida no retrocede ni se estanca en el ayer./sois los arcos para que vuestros hijos, flechas vivientes/ se lancen al espacio.
Ser un arco es mantenerse firme. Solo así al tensión del lanzamiento será la conveniente. Según hacia donde apunte el arco, será el vuelo de la flecha, por lo tanto debe apuntar en alguna dirección hacerlo con convicción. El arco marca un límite de la trayectoria de la flecha, el otro lo alcanzara ella misma como culminación de su vuelo. Aunque quisiera ser flecha, el arco, en esta historia, solo puede ser arco, y a ello debe abocarse. Cuando no es así sobreviene, como describen Jaume Soler y Merce Conangla, el caos más total y absoluto. “No hay pautas claras. No se ponen límites. A veces lo intentan, pero enseguida los adultos de referencia –padres o madres- se olvidan de que los han puesto, perdidos en su propio caos (…) los menores también están desorientados, se ponen nerviosos e intentan adueñarse el territorio familiar quedándose solo con lo que les va bien y huyendo de tareas y responsabilidades”.
Ser padres significa trabajar de padres. De lo contrario somos meros reproductores, condición que compartimos con los conejos, gatos, leones, cebras o cualquier ser viviente.
(…) ser padres es, en cambio, convertirse en educadores, rectores, referentes, acompañantes, sostenedores, limitadores, legisladores. Si no estamos dispuestos a aceptar el trabajo parental, podemos derivar esa energía a otros fines que acaso resulten mas fecundos y más trascendentes para nosotros y para el mundo que habitamos.
El puente esencial (…) ¿Cómo se ejerce la parentalidad de un modo nutricio y asertivo? Las recetas se parecen mucho a un traje de una talla única que les debe ir bien a todos (altos, bajos, gordos, y flacos). Las formulas sustituyen lo más rico de la vivencia humana: la experiencia. La reemplazan por las experiencias de toros y convierten al que usa la formula en un simple instrumento cuando no en un autómata. Virginia Satir, maestra imprescindible de la terapia familiar, escribió que “ningún niños viene con un manual de instrucciones de cómo crecer y desarrollarse; alguien tiene que inventarlas en este momento y no dentro de 10 años. Ese alguien son ustedes los padres (…) dos grandes interrogantes se presentan de una manera u otra a todos los padres: ¿Qué clase de ser humano quiero que sea mi hijo? Y ¿Qué es lo que puedo hacer para lograrlo? Sus respuestas, como padres, significan la base de su diseño, su proyecto para hacer seres humanos…humanos. Todos los padres tienen respuestas a estas preguntas, ya sean claras, indefinidas i dudosas, pero las tienen”.
Para comprobar que las tienen, para ponerlas en práctica, para construir un vínculo, para darle un sentido y trascendencia, tienen que estar presentes, con todo lo que eso significa en materia de tiempo, de actitudes, de decisiones, de responsabilidad. Muchos padres y muchas madres lo hacen. Dudan, temen, se ven rodeados de interrogantes que acaso jamás tendrán respuestas, pero lo hacen. Algunos de esos padres viven bajo el mismo techo, son la misma pareja que, allá y entonces, inicio el viaje. Otros se han separado y aun así están presentes porque han entendido que las parejas se divorcian pero los padres jamás se separan de los hijos cuando son conscientes de su función. Separados o juntos no es la cuestión y no puede ser una excusa. Se trata de estar con los hijos que se eligió traer a la vida.
Y se trata de ayudarles a ser individuos plenos, a convertirse en los arboles condensados en la semilla plantada. Fromm dice a las madres: “ querer que el niño se torne independiente y llegue a separarse de ella debe ser parte de su vida”. Y dice a los padres: “Deben ser pacientes y tolerantes, no amenazadores y autoritarios. Deben darle al niño que crece un sentido cada vez mayor de la competencia, y oportunamente permitirle ser su propia autoridad y dejar de lado la del padre”. Es, en ambos casos, la descripción de un proceso alquímico maravilloso y único, de un proceso sagrado por el cual se honra la vida. A la vida creada por propia elección.
La misión de cumplir el mayor logro de la maternidad y de la paternidad, la certificación indudable de que la misión ha sido bien cumplida consiste en dejar de ser necesitados por nuestros hijos, en que, habiendo alcanzado el desarrollo de sus propias condiciones e instrumentos, ellos vengan a nosotros por amor, simplemente, para compartir y celebrar el encuentro, y no por necesidad, por incapacidad, por confusión emocional respecto del vinculo que nos une. Para alcanzar esto logro antes debemos estar muy cerca, muy presentes, muy activos, muy decisivos. Cuando mi hijo Iván tenía unas pocas semanas de vida, después de la primera visita al consultorio del pediatra y de que este lo encontrara en perfectas condiciones, el propio especialista nos acompaño hasta la puerta, me sostuvo el brazo con un cálido apretón y mirándome a los ojos me dijo: “desde aquí en adelante, suavidad y firmeza”. En aquel momento me pareció que la consigna era contradictoria, pero con el tiempo entendí la sabiduría que encerraba. Comprendí que era una polaridad de opuestos complementarios y que en la integración de los mismos debía basarse mi trabajo como padre. No sé si siempre supe ser suave o ser firme, o firme y suave a la vez, no sé si siempre aplique cada atributo en el momento oportuno o si los confundí. Seguramente acerté muchísimas veces y me equivoque tantas otras. Si tuviera que dale un concejo a mi propio hijo acerca de que hacer como padre le diría lo mismo que el docto Levin me dijo aquella tarde, en la puerta de su consultorio. Ojala no debiera explicarle mucho mas, ojala el lo entendiera a partir de su propia experiencia como hijo.
La suavidad y la firmeza solo funcionan junto al compromiso. Cuando nos hacemos padres y madres, una nueva vida comienza para nosotros. El resto de nuestra vida. Tendremos todo ese tramo por delante para ejercer el compromiso y la responsabilidad, para darles forma y para construir el amor. Habrá idas y vueltas, habrá luz y penumbras, habrá errores y aciertos. Lo que no puede haber es desidia, negligencia, irresponsabilidad, deshonestidad emocional, vaciamiento afectivo, dobles mensajes, ocultamientos. Lo que no puede haber, definitivamente, es deserción, abdicación y ausencia. Cuando esto ocurre nos convertimos en gestores, encubridores y cómplices de un modelo social abyecto, obscenamente materialista, centrado en el egoísmo y en el beneficio a cualquier costo, vacio de sentido. Un modelo social que hoy se alimenta de una manera perversa de nuestros hijos. Esa es la sociedad de los hijos huérfanos.
Y esos hijos viven la peor de las orfandades. Aquella en la cual sus padres están vivos.
Padres vivos e hijos huérfanos es la pero ecuación imaginable. De nadie más que de nosotros, los adultos, los padres, depende el cambiar este modelo para hacer de la relación entre padres e hijos, entre adultos y jóvenes, algo más que un accidente biológico. De nosotros depende, sin demoras y sin excusas, transformarla en una construcción de amor, de respeto, de sentido.
Sergio Sinay, especialista en vínculos humanos.
Fuente: Articulo Revista La Nación. Autor Sergio Sinay
Envianos tu opinion sobre esta nota
Volver al inicio
Qué es la Haptonomía?
La Haptonomía, Ciencia de la Afectividad, estudia y describe los aspectos de la vida íntima, de los sentimientos, del reencuentro psicotáctil, de las interacciones y de las relaciones afectivas humanas.
La Haptonomía es una ciencia fenómeno-empírica (pone en práctica fenómenos típicos de la persona humana, cuyos efectos son reproducibles, verificables y predictibles) fundada hace más de cincuenta años por el profesor Frans Veldman como fruto de las investigaciones que emprendió tras las dramáticas experiencias que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Este investigador descubrió, reconoció y analizó las causas de los déficits, carencias, frustraciones o traumatismos que traban, inhiben o impiden el desarrollo de la salud psíquica.
Las cuestiones de la felicidad humana, de la tolerancia de las diferencias y de la facultad de desarrollar plenamente la matriz de su ser con todo su potencial creativo, de las condiciones de la responsabilidad y del placer en los encuentros interhumanos se sitúan en el centro de sus preocupaciones.
La palabra Haptonomía procede del griego hapsis que significa el sentimiento, el tacto, el contacto táctil. El término hapsis ya fue utilizado por el filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.) en el sentido de curar, sanar, restablecer la integridad. “Hapto” es una raíz griega que significa: yo entro en contacto táctil, yo reúno, yo establezco una relación, yo (me)uno a; yo establezco (de forma táctil) una relación, un contacto, para devolver la salud, para curar, restituir la integridad, para confirmar al otro en su existencia.
Es una Ciencia que concierne al fundamento mismo de la existencia a partir del que cada ser humano se expande y desarrolla para seguir su trayectoria personal. Comprende la vida afectiva humana, con sus interacciones, sus relaciones y sus problemas, con el propósito de establecer un estado de seguridad de base interno y un discernimiento estético, a través de contactos de proximidad tranquilizadora y de confirmación afectiva táctil.
La Haptonomía forma parte de las ciencias humanas: se preocupa de la forma en que la persona percibe el mundo y se integra en su relación afectiva con sus semejantes. La Haptonomía es la ciencia que estudia las relaciones humanas, basada en el contacto psicotáctil afectivo-confirmante. Ésta reconoce como derecho incontestable, fundamental del humano: “el derecho a su reconocimiento por la consolidación racional de su existencia y por la confirmación afectiva de su ser, desde la concepción”.
En nuestra sociedad contemporánea, el humano se ve cada vez más privado del reconocimiento esencial que implica la confirmación afectiva.
La Haptonomía nos abre a una forma de estar en el mundo que recurre a facultades afectivas específicamente humanas. Se trata de facultades originales que regulan los contenidos y cualidades de las relaciones entre los humanos y determinan la naturaleza y la esencia de sus encuentros.
El acompañamiento haptonómico permite a la persona utilizar sus facultades afectivas. Éstas se desarrollan y tienden hacia su maduración.
En el sentimiento de seguridad que ella instaura, la haptonomía recurre al deseo de vivir (libido vitalis). ¡El contacto psicotáctil, específico de la fenomenología haptonómica, no es en absoluto reducible a un « tocar »!. Recurre a la intencionalidad vital de la persona. Ésta, consolidada existencialmente, o mejor, confirmada en su afectividad, toma la iniciativa de poner en ejecución sus propias facultades, aptitudes y dones, en su relación con los demás. En definitiva la persona alcanza o recupera la autonomía.
La Haptonomía no es una profesión, sino una filosofía y una ética de la existencia como una cierta forma de concebir la relación de ayuda y de los cuidados de los humanos afectados tanto por enfermedades físicas o psíquicas como por un sufrimiento existencial.
La formación en Haptonomía exige un cambio brusco, una “revolución tranquila”, como dice Catherine DOLTO, en nuestra profesión y en la forma en que dispensamos los cuidados a nuestros pacientes. Todo ello sometido a una ética y deontología profesional altamente exigente que no entra en contradicción con los códigos éticos de las diferentes profesiones de la salud, sino que los complementa.
Como escribe Frans VELDMAN : " El acercamiento humano haptonómico que se ha desarrollado sobre este fondo y que se manifiesta mediante una comunicación táctil característica, muy especifica, genera un movimiento del alma benéfico. La confirmación afectiva existencial se realiza; la vida afectiva, que tan frecuentemente ha sido asfixiada precozmente, o desechada por una relación negadora antes de su despliegue, puede por fin eclosionar y prosperar, (re)florecer”.
En este sentido la Haptonomía no es un método, ni una técnica, ni puede ser clasificada entre las medicinas dulces, ni concebida como una paramedicina. Es simple y llanamente una aplicación de la fenomenalidad haptonómica a cada una de las profesiones de la salud que se orienta a mejorar la relación entre el sanitario y el paciente en la busca de su curación, mejoría o aceptación de las limitaciones inherentes a su enfermedad, traumatismo o carencia que acompañan al paciente en su sufrimiento hasta los últimos momentos de su vida proporcionándole una seguridad de base, una autonomía y una confianza en sí mismo que alivian de forma indudable su dolor o colaboran activamente en el restablecimiento de su salud. Por lo tanto, la Haptonomía no se opone a los avances de la medicina actual, ni pretende sustituirla, sino más bien enriquecer el contenido de la práctica clínica. La integración de su fenomenalidad en la práctica sanitaria habitual permite mejorar la calidad de la asistencia dotándola a través de la afectividad de una mayor efectividad, a la vez que humaniza la asistencia haciendo que ésta sea mejor vivida por los pacientes, que de esta forma se integran en el proceso de su curación o tratamiento.
Las aplicaciones de la Haptonomía conciernen la vida entera del ser humano, desde la concepción hasta la muerte, mediante acompañamientos específicos adaptados a la vida prenatal, a la infancia, al adulto así como a los ancianos, incluyendo el acompañamiento de los moribundos.
Su interés sanitario y en el campo de la Salud Pública va creciendo día a día, sobre todo en un mundo médico en el que la especialización, la parcelación de competencias y la tecnología, impuestas por criterios de eficacia dificultan la necesaria relación entre el sanitario y el paciente, importantísima en la mejoría o curación de este último. Por ello la Haptonomía no se opone a la actual evolución científica de la medicina, y su objetivo es humanizar la asistencia para obtener el máximo provecho de esta evolución. Esta relación afectiva entre sanitarios y pacientes fructifica en una asistencia de mayor calidad, mejores resultados y satisfacción tanto para los profesionales como para los propios profesionales, que en términos generales se encuentran muy desmotivados en el ejercicio de su profesión. Destacamos aquí el papel preventivo de la Haptonomía en el “síndrome del quemado”, que tantos estragos realiza en los profesionales de la salud pública.
El C.I.R.D.H. (Centro Internacional de Investigación y Desarrollo de la Haptonomía) es el organismo encargado de formar a los profesionales sanitarios interesados en esta ciencia. Está compuesto por un equipo de profesionales que forman su Colegio Científico y Docente con las finalidades de investigar, enseñar y publicar. Exclusivamente las personas diplomadas (diplomas reconocidos) que trabajan en un sector específico de la salud pueden participar en los seminarios de base y de formación.
Fuente: Web de la Fundación de la Haptonomía
Envianos tu opinion sobre esta nota
Volver al inicio
Autoestima y seguridad interior
Los mamíferos entramos a la vida a través del cuerpo de nuestra madre, quien nos ha alimentado durante la vida intrauterina, y de algún modo continuará haciéndolo durante los primeros años de vida extra uterina. Durante la primera infancia, el alimento y el afecto están unidos, son casi la misma cosa, ya que si no sentimos amor, las madres no estaremos en condiciones de alimentar al hijo; e inversamente mientras alimentamos al niño, crece nuestro amor hacia la criatura. Esta primera experiencia de ser alimentados y cobijados -como si fuesen un único movimiento- se constituye en una fuerza poderosa para la constitución de la psique, al punto tal que marcará a fuego toda nuestra evolución como individuos.
El bienestar o el malestar experimentados durante los primeros años de vida organizan la conformación psíquica y espiritual de todo ser humano. La primera infancia es el momento clave, la raíz, la simiente de la constitución corporal, afectiva y emocional. Según cómo hemos sido amados, protegidos, resguardados, amparados y tocados, es como desplegaremos nuestra vida futura.
Los primeros años de vida son pruebas de supervivencia para el bebe humano. Por eso, las buenas o las malas condiciones que se le ofrecen durante su crecimiento, van a impactar fuertemente en la constitución de su personalidad, en la interpretación de lo que significa la vida para él y en las herramientas que adquirirá para su posterior desarrollo como integrante de la sociedad.
Cuando un niño amparado vive en su experiencia cotidiana la certeza de que obtendrá lo que necesita, la seguridad interior se va estableciendo y posiblemente ya no se mueva nunca más de las entrañas de ese ser. Sentirse seguro, amado, tenido en cuenta, estable y con total confianza en sí mismo y en los demás...es obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de su vida futura.
En cambio, el bebé que no está en contacto con el cuerpo de su madre, experimenta un inhóspito universo vacío que es diametralmente opuesto al bienestar natural que traía consigo desde el período en que vivía dentro del vientre amoroso de su madre. Ningún bebé recién nacido está preparado para un salto a la nada: a una cuna sin movimiento, sin olor, sin sonido ni sensación de vida. La impresión de sentirse despojado de sus más elementales necesidades de protección, de amparo y de sostén, causan más sufrimientos de lo que podemos imaginar y establece un profundo malentendido entre la madre y el niño. Comprendamos que si el niño no es sostenido y cargado en brazos todo el tiempo, o la mayor parte del tiempo por otro ser humano adulto, el niño se siente traicionado. Aparece entonces el miedo. Y si estas experiencias de soledad, temor, silencio y quietud se multiplican a través de los días, brota algo tan doloroso para el alma como es la resignación. En esos casos el niño sabrá que no puede esperar de su madre o de otros adultos cercanos, la satisfacción de sus necesidades básicas, que son la necesidad de ser alimentado, acunado, sostenido, tocado, alzado, mirado y amado todo el tiempo, como mínimo hasta que el niño pueda iniciar algunos movimientos de independencia corporal y emocional. Hasta entonces, depende absolutamente de los adultos que le prodigan cuidados y protección.
Cuando un bebe o un niño pequeño no se siente valioso ni bienvenido, se convertirá necesariamente en un ser humano sin confianza, sin espontaneidad y sin arraigo emocional. Pero por sobre todas las cosas, no se sentirá seguro. Y sin seguridad interior, toda nueva experiencia, todo desafío y toda dificultad se convertirán en enormes obstáculos para la realización personal futura.
Los niños pequeños necesitan una sola cosa: estar muy cerca del cuerpo de las madres. Todo lo demás es aleatorio. Incluso en medio de acontecimientos difíciles, el cuerpo de la madre sustituye la peor calamidad. Por el contrario, no hay paraíso terrenal para un pequeño si la madre no está allí.
Si nos observamos como adultos, veremos que el miedo, la desconfianza y la soledad son nuestros principales obstáculos en la interacción con los otros. Hoy tenemos en nuestras manos la posibilidad de otorgarles a nuestros hijos una vida más sana, abierta, facilitada y feliz. Sólo necesitamos mirar más allá, darnos cuenta que unos años dedicados a ellos son apenas unos años, que no perdemos nada, que necesitamos aprender a vivir nuestra vida en compañía de nuestros hijos pequeños, al lado, juntos, encima, en contacto. No pasa nada. No es difícil. Cuando haya llegado el momento en que los niños no nos necesiten tanto, serán ellos quienes naturalmente bajarán de nuestros brazos, irán a dormir a sus camas, se alejarán unos pasos, luego unas horas, luego unos días y cuando sean adultos, tal vez unos años, porque se habrán constituido en seres interiormente libres. Sabrán que la seguridad no lo da el dinero, ni el confort, ni el consumo, ni los ahorros. Sabrán que no dependen de nada ni de nadie. Sabrán que son hombres y mujeres libres.
Fuente: Laura Gutman, "Mujeres Visibles, Madres Invisibles"
Envianos tu opinion sobre esta nota
Volver al inicio
¡Mamá,
comprame!
(o me enojo)

Se acercan las vacaciones, y un fenomeno creciente
se vuelve mas visible: la tirania de los hijos en la
era del consumo. ¿como ponerles limites, mientras
ellos piden... y piden?
Es sábado, de mañana. Paula va al supermercado
con su hijo, Matías, de 3 años. A la salida,
Matías se detiene en uno de los puestos de venta
de muñecos y globos para chicos. Se acerca y toma
su muñeco preferido, Ben 10. Paula le pide que
lo vuelva a poner en el estante. Matías se niega
e insiste para que se lo compren tirándose al
piso, llorando y contorsionándose como preso de
un ataque de epilepsia. La madre le dice que pare de
hacer escándalos y le repite que deje el muñeco
en el estante. Continúa el berrinche, la gente
pasa intentando esquivar al chico, que, totalmente fuera
de sí, le pega patadas con inusitada violencia
en las piernas a su madre. "¿Cuánto
cuesta el muñeco de Ben 10?", pregunta finalmente
Paula a la vendedora. Lo compran y se van a casa.
Para los especialistas en marketing, ésta es una
de los miles de escenas entre padres e hijos que se repiten
a diario en todo el mundo, determinadas por lo que llaman
pester factor, o "factor berrinche": la capacidad
que tiene un niño de agotar a sus progenitores
y conseguir que compren lo que quiere. Para la mayoría
de los padres, en cambio, es una de las situaciones más
temidas y difíciles de controlar: el berrinche
en público; saben que terminarán cediendo.
Las empresas dedicadas a vender productos para chicos
saben que éstos tienen un increíble poder
de persistir y que pueden "taladrar" la cabeza
con el latiguillo "papá comprame, papá comprame",
ininterrumpidamente, hasta lograr el objetivo. Para James
McNeal, un gurú del marketing de la Universidad
de Texas, Estados Unidos, "los niños norteamericanos
molestan a sus padres para que les compren algo un promedio
de 15 veces durante cada paseo".
A la hora de conseguir lo que quieren, los chicos son
también habilísimos negociadores: "Si
no me llevo ninguna materia a diciembre, ¿me comprás
las zapatillas?". Pero si todas las estrategias
anteriormente citadas no dan resultado, en general terminan
recurriendo al "efecto lástima": "Mamá,
todos tienen un Mp4 (reproductor de música) menos
yo" . En este punto, también la mayoría
de los progenitores, cueste lo que cueste, termina cediendo
con tal de que su hijo no sea un "excluido social".
Lo cierto es que el pester power, en todas sus modalidades,
es el motor del multimillonario negocio de los chicos.
Un mercado cada vez más pujante que mueve millones
de dólares en todo el mundo.
Antes de que un chico nazca ya es un cliente. Mientras
la madre está en el sanatorio, cientos de empresas
le envían promociones y regalos de productos para
bebé. Unos 6 meses más tarde, los papás
van al supermercado con él, y lo cargan en un
carrito mientras hacen la recorrida, expuesto a lo que
McNeal llama el "puesto de observación culturalmente
definido: el carrito del supermercado". Para los
alemanes, la góndola, a esa altura, es la llamada "zona
de terror".
Tanto es así que en la actualidad podemos ver
por televisión una publicidad de arroz en la que
un bebé, que todavía no puede ni hablar,
carga sonriente cajas y cajas de este producto y las
mete en el changuito de compras del supermercado de los
papás.
Mientras que para los especialistas en marketing el estudio
de los chicos como clientes encierra cifras cada día
más alentadoras y sorprendentes, los especialistas,
en cambio, ven con preocupación este fenómeno
recurrente de niños que no pueden parar de comprar
y consumir. Muchos los llaman chicos "tiranos" o "chicos
manipuladores". Como contrapartida advierten que
esos niños en general tienen padres permisivos
e inseguros, que no saben decir que no. Incluso rotulan
este fenómeno como "síndrome del niño
emperador", una característica asociada a
las clases media y alta, donde los chicos hacen demandas
excesivas que siempre son satisfechas.
Para la Lic. Alejandra Jalof, miembro de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela de la
Orientación Lacaniana, la figura del niño
tirano "es engañosa, dado que se ve un rey
allí donde, en realidad, hay un sujeto esclavizado,
comandado por un impulso que él mismo no puede
detener ni modular. Ello no es posible sin que del otro
lado haya un adulto que intenta denodadamente una satisfacción
para aquello que se le impone como una necesidad a satisfacer".
Por su parte, Eva Rotenberg, directora de la Escuela
para Padres, explica que "lo que se manifiesta como
compulsivo o tirano es el vínculo donde los padres
no tuvieron los recursos para tranquilizar a los chicos.
La mamá le compra un juguete para calmarlo, pero
el chico crece con nuevas exigencias y, así, se
entra en un círculo vicioso".
"Mi papá es una tarjeta de crédito"
-¿Qué es tu padre para vos?
-Una tarjeta de crédito.
Es la respuesta de una niña de 11 años
a una psicóloga que se interesaba por sus relaciones
familiares y que después volcó sus estudios
en Internet, en una página de autoayuda para padres.
Al igual que miles de especialistas, ella alerta sobre
padres que son surtidores inagotables de los caprichos
de los chicos; padres inseguros, inmaduros, temerosos.
"El día que Matías hizo el escándalo en el shopping
yo estaba muy cansada, había trabajado toda la semana y, además,
discutido con mi marido. Lo que menos quería era tener una escena, y
por eso le compré el juguete. Lástima que ahora lo tiene en casa
y no le da ni bolilla; quiere uno nuevo que vio por la tele", cuenta Paula
a una amiga, después del berrinche de su hijo en el supermercado.
Según Diana Rizzato, miembro de la Sociedad Argentina
de Terapia Familiar, "si cada vez que el chico pide
se lo complace, se naturaliza la demanda, donde el placer
está puesto en la adquisición del objeto
nuevo. El placer está en tenerlo, no en usarlo,
divertirse o jugar".
Eva Rotenberg hace hincapié en la falta de diálogo: "Los
padres están muy exigidos, creen que saben hablar,
pero no pueden comunicarse. Hay que enseñarles
a dialogar con los chicos. Hay tal aceleración
que los adultos no tienen tiempo para ser padres; hay
un vacío que se llena permanentemente con cosas".
Para Jalof, "en una sociedad que empuja al consumo
indiscriminado de objetos, la pregunta de por qué los
niños consumen por demás debe pensarse
dentro de una constelación familiar y social.
En cuanto al ámbito familiar, el niño es
un receptor privilegiado de los signos que recibe".
"El niño como consumidor indiscriminado llevará entonces
a la pregunta por el lugar que el consumo indiscriminado ocupa en el entorno
familiar. Pueden coexistir en la familia consumos distintos que sólo
se detectan como indeseables o perniciosos cuando no tocan el objeto o el propio
acto de consumo que parece natural. Así, la compulsión al trabajo
de uno o de ambos padres puede significarse como una actividad aceptable socialmente,
mientras que el empleo de videojuegos por parte de los hijos puede constituir
un foco de preocupación y consulta", agrega Jalof.
El manejo del dinero
Tommy tiene tan sólo 7 años y está juntando
plata en dólares para comprarse una consola para juegos Wii. "Para
mi cumpleaños y para Navidad, mis papás y mis abuelos
me regalaron plata. Se la di a mi papá y él me compró dólares.
Me quiero comprar una Wii a fin de año. Igual, me dijeron
que si no me alcanzaba, pero me portaba bien, ellos me iban a ayudar",
le cuenta Tommy, con orgullo, a su amigo Bruno, que también
está juntando dinero, pero en pesos y con fines menos ambiciosos.
Bruno junta para un mazo de cartas del quiosco.
A pesar de que la tendencia al consumo indiscriminado
entre los chicos es cada día mayor, también
es cierto que, al igual que Tommy, cada vez son más
los que ahorran y reciben información y educación
sobre cómo manejar dinero.
Karina Cavalli es coach financiero de mujeres y dicta
seminarios sobre cómo manejar las finanzas en
la familia. Coincide con Robert Kiyosaki, autor del famoso
best seller Padre rico, padre pobre, en que "la
educación financiera hay que dársela desde
que van al colegio. En general, a los chicos se los prepara
para trabajar, pero no para hacer dinero, ni producirlo,
y mucho menos para cuidarlo", agrega.
Para Eva Rotenberg, "es muy importante
enseñarles a usar correctamente el dinero y
que sepan tolerar la postergación, es decir, que tal vez
hoy no les puedo dar pero sí mañana. Si le doy un peso a un chico
para que vaya al quiosco, lo puedo acompañar en el momento y ayudarlo
con la compra, con el vuelto, etcétera".
El consumo antes y ahora
Típico asado familiar de domingo en la casa de
los abuelos. Uno de los nietos adolescentes le recuerda
a su madre que al día siguiente, después
del colegio, tienen que ir a la casa de telefonía
celular a reemplazar los cinco celulares de la casa por
el último modelo que vieron ayer en la televisión.
"Cuando yo era chico y quería un pantalón nuevo, tenía
que llevarle el pantalón viejo y agujereado a mi padre para que lo viera
antes de comprar uno nuevo. El regalo más importante que recibí fue
un canario, a los 10 años", rememora el abuelo, con melancolía, épocas
en las que la mayoría de las familias, aunque tuvieran un buen pasar,
elegían la austeridad como modo de vida. "En mi casa éramos
cuatro
hermanos. Cuando llegábamos del colegio ni existían
las galletitas ni toda esa variedad increíble de cosas ricas
que tienen para comer ahora: yogures, cereales, alfajores... Comíamos
pan con manteca", agrega.
Según el Diccionario de la Real Academia Española,
austeridad significa "cualidad de austero" y "mortificación
de los sentidos y las pasiones". En la actualidad,
es un término muy utilizado por políticos
y economistas, pero casi nunca se escucha en el seno
familiar.
Para el filósofo y ensayista Tomás Abraham,
el hecho de que en la actualidad haya o no austeridad
no es relevante.
-¿La austeridad como virtud, que pregonaban nuestros
padres y abuelos, desapareció ante la ola consumista?
-La austeridad es algo inventado por las religiones, pero
lo cierto es que ninguna sociedad rechaza el dinero. La nuestra es
una sociedad generosa. La austeridad no es necesariamente una virtud.
La austeridad también puede ser mezquindad o avaricia.
Valentina tiene 9 años y asiste a un colegio privado
en las afueras de Buenos Aires. A pesar de que el uso
de celulares está prohibido en toda la provincia,
Valentina lo lleva al colegio, pero lo tiene apagado
en la mochila. A la salida, llama a su madre para avisarle
que la está esperando.
"Mamá me compró el celular para que
le avise dónde estoy o qué voy a hacer. Ahora le va
a comprar otro a mi hermano Felipe, que tiene 8",
explica Valentina, mientras le muestra a su amiga el último
jueguito que descubrió en el aparato.
"Como mamá y papá están separados
y tengo dos casas, tengo dos computadoras: en la de papá una
compu de escritorio y en la de mamá, una notebook. La compu,
más que nada, la uso para juegos y para mandar fotos a mis
amigas. Para Navidad me regalaron una máquina de fotos digital", agrega
sonriente.
Lejos de los ositos de peluche, las muñecas y
las casitas de té, Valentina forma parte del grupo
de preadolescentes sofisticados que deciden la mayoría
de las compras tecnológicas que se hacen en la
casa.
Hoy integran una nueva categoría llamada tweens,
que proviene de la combinación de las palabras
inglesas teen y between. Son preadolescentes de entre
8 y 13 años, adictos a las compras tecnológicas
(mp4, celular, computadoras), y fanáticos de programas
de televisión como Casi ángeles.
En los principales shoppings, los Fun Stores actúan
como magnetos para los chicos. Son locales estratégicamente
ubicados cerca de los cines, donde se venden remeras,
cuadernos, lapiceras y discos de sus programas de televisión
favoritos.
Un oasis en el mundo del consumo
Hay miles de chicos que, alejados del bombardeo consumista,
van a la escuela a cultivar la huerta, tocar la flauta
y aprender carpintería para fabricar sus propios
pupitres. Se trata de la pedagogía antroposófica
del filósofo austríaco Rudolf Steiner y
de las escuelas Waldorf. Existen unas treinta diseminadas
en todo el país y unas mil en el mundo.
"Al margen del consumismo, hay que darle al chico
otras alternativas para que pueda pensar. Valoramos las actividades
artísticas, manuales, el trabajo social. El chico compite
consigo mismo, trata de mejorar. No compite con el otro, no compite
por el tener, compite por el ser", afirma Inés
Meirele, directora de la Escuela Waldorf San Miguel Arcángel,
de Villa Adelina (provincia de Buenos Aires). "Nosotros
recomendamos a las familias que los chicos no miren tele ni usen
celulares ni Internet. Queremos que lo creativo fluya", agrega.
¿Los chicos educados con esta pedagogía tienen,
de adultos, problemas para adaptarse a un mundo cada vez más
consumista y tecnologizado?
Meirele es contundente: "Si los chicos se desarrollaron
armoniosamente, de adultos podrán aplicar sus
facultades intelectuales y estarán preparados
para cualquier demanda que el mundo les presente".
El filósofo francés Jean Baudrillard escribió que
el consumo no es, en absoluto, la base sobre la que descansa
el progreso, sino más bien la barrera que lo estanca.
A través de sus libros La sociedad de consumo
y El sistema de los objetos, Baudrillard se convirtió en
uno de los críticos más feroces de la sociedad
de consumo y profetizó su decadencia: "No
hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda
es arbitraria, pasajera, cíclica, y no añade
nada a las cualidades intrínsecas del individuo",
publicó quien asegura que el consumo es un proceso
social no racional: "La voluntad se ejerce solamente
en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que
abocan al reposo, como son la creación, la aceptación
y la contemplación".
"Tanto la moda como el capitalismo producen un ser humano excitado, aspecto
característico del diseño de la personalidad en sociedad del
espectáculo donde vivimos en un happening permanente de consumo y derroche",
concluye.
En cambio, para Tomás Abraham, "no se puede
estar ni a favor ni en contra de la sociedad de consumo.
Los mismos que la critican son los que más consumen.
La Argentina no es una sociedad de consumo, sino que
tiene sectores de alto consumo con la necesidad de tener
y adquirir los objetos que la sociedad moderna elabora
para hacerte la vida más sencilla o más
divertida. No hay nada de malo en querer tener una notebook
para poder escribir mejor".
Por Virginia Mejia
La hora de los límites
Hay temas que podemos negociar con nuestros chicos y
otros que no, afirman los especialistas. La compra de
cualquier objeto que ponga en riesgo la integridad física
de nuestros hijos es innegociable. Por ejemplo, si tiene
13 años y pide que le compren una moto, es necesario
un "no" rotundo.
Ante la insistencia o ante el berrinche, hay que decirle
que no se lo vamos a comprar, ya que igual no se va a
calmar. Explicarle que lo que está necesitando,
en realidad, es otra cosa, y proponerle a cambio una
actividad creativa o lúdica que no tenga que ver
con comprar.
El berrinche debe ser "sin consuelo" y "sin
castigo". Esperar a que el chico se descargue y
mantener la calma para no ceder ante sus deseos.
Padre y madre deben tener un criterio en común
sobre cuándo decir "sí" y cuándo "no".
Si vamos de paseo, por ejemplo a la plaza, y el chico
de camino quiere que le compremos un paquete de figuritas,
explicarle que el programa es ir a la plaza.
Cuando el chico apela al "efecto lástima" -diciendo: "Mamá todos
tienen menos yo"- explicarle, sin emitir juicio
de valor, que cada familia es diferente.
Los
chicos, el dinero y el ahorro
Casi el 60 por ciento de los chicos recibe dinero
periódicamente de parte de sus padres.
Estos chicos son consumidores directos, es decir,
con su plata compran lo que quieren.
Mientras que en el año 2000 sólo
el 49 por ciento de los chicos recibía
dinero con periodicidad y elegía qué comprar,
en 2008 esta cifra aumentó al 58 por
ciento.
Por semana, cada chico argentino recibe, en promedio,
8,50 pesos. De acuerdo con el índice Big
Mac (es un índice que permite comparar
el poder adquisitivo de distintos países
donde se vende la hamburguesa Big Mac, de McDonald´s),
esos $ 8,50 no le alcanzan para comprarse ni
una hamburguesa por semana en la Argentina.
Mientras que en nuestro país un chico
puede tener acceso al 0,77 por ciento de lo que
vale una hamburguesa, en México pueden
comprarse dos por semana y en Brasil, un poco
más de una.
En 2000, sólo el 43 por ciento de los
chicos manifestó que ahorraba, pero en
2008 esa cifra creció al 63 por ciento.
Si comparamos a los chicos argentinos con los
del resto de la región, los argentinos
son los que más ahorran, un 63 por ciento;
en el otro extremo están los brasileños:
39 por ciento.
El promedio ahorrado de los chicos es de 22,40
dólares, mientras que en Venezuela es
de 56,20 dólares, casi el triple que entre
los argentinos.
Los chicos que ahorran para proyectos más
ambiciosos tienen unos $ 100 guardados en promedio,
mientras que los que ahorran sin objetivo determinado
poseen unos $ 80.
El 37 por ciento de los chicos argentinos ahorra
para objetos de valor intermedio, como bicicletas,
celulares, etcétera.
El 21 por ciento de los chicos ahorra para comprarse
tecnología y el resto se divide entre
los que ahorran sin objetivos determinados y
los que juntan para ropa, accesorios, juguetes.
Los datos aquí reflejados provienen de
un estudio efectuado entre niños de 6
a 11 años en diferentes países
de América latina. La investigación
se llama Kiddo?s, y está diseñada
y dirigida por Markwald, La Madrid y Asociados
de Argentina.
Los datos del 2008 corresponden a una muestra
probabilística de aproximadamente 6000
niños que residen en las principales ciudades
de seis países (Argentina, Brasil, México,
Chile, Colombia y Venezuela). Se ha excluido
el porcentaje de niños de menores recursos.
|
Cifras
del negocio en la Argentina
Los chicos mueven unos
500 millones de pesos
por año.
Los niños de hasta 13 años
determinan el
43%
del consumo familiar.
Representan, en total, unos
diez millones
de consumidores.
Dos tercios
de las campañas
publicitarias apuntan a ganarlos como clientes.
Un
65%
de los chicos argentinos
miran más de dos horas de TV por día,
una cifra alta para los estándares de América
latina.
El
88 por ciento
de los chicos va a locales
de comida rápida.
El
73 por ciento
de ellos influyen en las
compras de alimento para sí.
El
49 %
de los chicos influye en
la compra de alimentos para el hogar. |
Fuente: Revista La Nación.
Envianos tu opinion
sobre esta nota
Volver al inicio
La maternidad te cambia para toda la vida
«La maternidad te cambia para toda la vida», me
advirtió mi madre. Tenía razón.
Mucho después de mi embarazo sigo viviendo y respirando
para dos, enganchada a mi hijo, en cuerpo y alma, con
un cariño más intenso de lo que creía
posible. Soy una mujer diferente desde que nació mi
hijo y, como médica, valoro por qué. La
maternidad te cambia, porque transforma el cerebro de
una mujer, estructural, funcional y en muchas formas,
irreversiblemente.
Podría decirse
que es la forma en que la naturaleza asegura la supervivencia
de la especie.
Este cambio cerebral da origen a un cerebro motivado, siempre atento
y decididamente protector, que obliga a la nueva madre a cambiar sus reacciones
y prioridades en la vida. Se ligará con ese ser como no se ha ligado
nunca con nadie.
En la sociedad moderna, en la que las mujeres no son
sólo responsables de parir niños sino de
sostenerlos económicamente, estos cambios en el
cerebro crean el conflicto más profundo en la
vida de una madre. Tanto su cerebro consciente como el
inconsciente están focalizados en lo que está ocurriendo
en su útero.
Al final del embarazo, los niveles hormonales de estrés
son tan elevados en el cerebro de una mujer como estarían
durante un ejercicio extenuante. De todos modos, cosa
sorprendente, estas hormonas no conducen a sentimientos
de estrés durante el embarazo.
Su influencia hace que la embarazada vigile su
seguridad, nutrición y entorno, además
de estar menos sintonizada con otra especie de tareas
como las de preparar conferencias y organizar su agenda.
SECUESTRO DE LOS CIRCUITOS DEL PLACER
“Estoy enamorada” es la expresión
que emplean muchas madres para explicar lo que sienten
por sus niños. No es sorprendente si se escanea
el cerebro porque el amor maternal se parece mucho al
amor romántico. Ha habido investigadores que han
conectado a madres de recién nacidos con equipos
de monitoreo cerebral, les mostraron fotografías
de sus niños y luego otras de sus parejas románticas.
Los
escáneres revelaron que, en respuesta a ambas
fotos, se iluminaban las mismas regiones del cerebro
activadas por la oxitocina. Ahora ya sé por qué sentía
tanta pasión por mi hijo y por qué algunas
veces mi esposo se ponía celoso. En ambos tipos
de amor hay aportes de dopamina y oxitocina en el cerebro
que crean el vínculo, desconectando el pensamiento
juicioso y las emociones negativas, y enchufando circuitos
de placer que producen sentimientos de júbilo
y apego.
Cuando un bebé coge el seno de la madre con sus
manecitas y chupa el pezón, desencadena flujos
explosivos de oxitocina, dopamina y prolactina en el
cerebro de la madre. Empieza a fluir la leche del seno.
Te baja la presión sanguínea, te sientes
tranquila, relajada y te meces en olas de sentimientos
de amor por tu bebé inspiradas por la oxitocina.
La lactancia y el amor maternos sustituyen o interfieren
a menudo el nuevo deseo de la madre por su pareja.
"Lisa me vino a ver un año después del
nacimiento de su segundo niño. Practicar el sexo
-me dijo seriamente-, ya no figura en mi lista de las
diez cosas principales por hacer. Preferiría escoger
un buen sueño o el millón de diferentes
tareas que no puedo acabar. Pero mi esposo se pone muy
irritable, incluso furioso al ver que el sexo no es una
prioridad para mí. Le pregunté a Lisa cómo
iban los demás aspectos de su vida y me contó los
sentimientos maravillosos que experimentaba estando físicamente
cerca y tocando a sus hijos pequeños. Las lágrimas
le inundaron los ojos cuando me explicó cuánto
ama y cómo se siente enamorada de sus chicos.
El que tiene un año todavía mamaba dos
o tres veces al día, y ella dijo que nunca habría
imaginado que pudiera existir una relación tan
plena y abnegada con otra persona. Amo a mi marido -me
aseguró Lisa-, pero hay multitud de cosas más
importantes en este momento que cuidar de sus necesidades
sexuales. Algunas veces desearía que me dejara
tranquila."
EL SENO LACTANTE Y EL CEREBRO BORROSO
Sin embargo, todo beneficio tiene un coste, y un efecto
secundario de la lactancia materna puede ser la falta
de concentración mental. Aun cuando después
del parto es bastante común un estado de confusión,
dar el pecho puede aumentar y prolongar ese ligero estado
de leve extravío.
Las partes del cerebro que cuidan de la precisión
y la concentración se ocupan de proteger y seguir
al recién nacido durante los primeros seis meses.
Muchas madres sufren síntomas de abstinencia
cuando están físicamente separadas de sus
bebés y sienten miedo, ansiedad, incluso oleadas
de pánico. Ahora se reconoce que se trata de un
estado neuroquímico más que psicológico.
Puedo recordar mi retorno al trabajo cuando mi hijo tenía
cinco meses y yo llevaba conmigo el extractor de leche.
El cerebro maternal, según se ve, es un instrumento
sutilmente afinado y la separación, especialmente
respecto de un bebé lactante, puede trastornar
el talante de una madre quizá por el declive en
los niveles cerebrales de oxitocina que regulan el estrés.
La mayoría de días estaba hecha polvo,
pero pensaba que se debía simplemente al estrés
de trabajar en el hospital con jornada completa e intentar
llevar una casa.
TRASTORNOS DE LA ATENCION EN EL TRABAJO
Sabemos que el cerebro femenino responde a este conflicto
con un aumento del estrés y la angustia, y una
mengua de la capacidad cerebral para enfrentar el trabajo
y el cuidado de los hijos. Esta situación mantiene
a los niños y a las madres en profunda y permanente
crisis.
¿Está condenada la madre que trabaja?
Bien, puede ser que sí y puede ser que no. En
realidad, es posible encontrar la solución a estos
problemas modernos acudiendo a nuestros antepasados primates.
Como norma, los primates -incluidos los humanos- son
bastante prácticos en cuanto al tiempo invertido
en la crianza. Por ejemplo, los primates de la selva
no son madres a tiempo completo más que muy raras
veces. Muchas monas equilibran el cuidado de sus hijos
con su «trabajo» esencial de buscar forraje,
alimentarse y reposar. También echan una mano
si se las necesita, para cuidar a las crías de
otras; la llamada alopaternidad. En realidad en épocas
de abundancia, otras mamas adoptan fácilmente
y cuidan hijos ajenos, incluso los de otros grupos o
especies. Muchos mamíferos tienen esta aptitud
para que las hembras se vinculen con otras crias afines,
las alimenten y las cuiden. Un sugestivo estudio sobre
la caza entre las mujeres de la tribu de los Agtanegritos,
de Filipinas, subraya las funciones propias de las redes
de parientes. No consideran practico que las mujeres
cacen, porque se entiende que la caza es incompatible
con las obligaciones del cuidado de los niños.
Se considera que las salidas a cazar estorban las funciones
femeninas de la lactancia, cuidado y cria de los hijos.
La maternidad no es necesariamente una ocupación
exclusiva de los humanos o restringida para la madre
natural en un ambiente urbano. Desde la perspectiva del
niño, la atención es atención, sin
que importe quien es el ser afectuoso o inductor de seguridad
que la dispense.
VIVIR PARA DOS
Recuerdo lo asombrada que me quedé al descubrir
que mi estilo de vida independiente y autosuficiente
no funcionaba después de tener un hijo. Siempre
había creído que podría organizarme
y hacer la mayor parte de las tareas maternales por mi
cuenta. Estaba muy equivocada. Dado que el cerebro de
una madre ha ampliado virtualmente su ámbito para
incluir al hijo, las necesidades de éste se convierten
en un imperativo biológico para la madre, acaso
más perentorio para su cerebro que sus propias
necesidades.
Yo ya no podía programar mi vida con tanta precisión.
No sabía qué ayuda necesitaría de
los demás, aparte de la de mi marido. Toda
nueva madre necesita comprender los cambios biológicos
que van a suceder en su cerebro y, en consecuencia, planificar
por adelantado el embarazo y la dinámica de su
maternidad. Este desafío vital puede
estimular el circuito cerebral para que crezca más
que ningún otro. Será crucial establecer
un ambiente predecible para el trabajo y el cuidado del
niño con cariño y creatividad para ofrecer
seguridad.
Fuente: Libro "El Cerebro Femenino" de
Louann Brizendine
Envianos tu opinion
sobre esta nota
Volver al inicio
“Más tiempo
con los hijos: Manifiesto a favor de dos años de maternidad/paternidad
garantizados por los poderes públicos”

“La energía que
el hombre y la mujer dedican a la producción
de bienes materiales aparece cuantificada en todos
nuestros índices económicos. Pero la
energía que el hombre y la mujer dedican a la
producción, en sus propios hogares, de niños
felices, sanos y seguros de sí mismos, no cuenta
para nada en ninguna estadística.
Hemos creado un mundo trastornado”*
John Bowlby
Varios profesionales de la medicina, neurología,
psicología y psiquiatría
firmaron y publicaron el 15 de Septiembre del 2009 un
manifiesto a favor de dos años de maternidad/paternidad
garantizados por los poderes públicos en España.
Esta iniciativa es una gran noticia, pero el hecho de tener
que justificar y reivindicar públicamente que
criar a nuestros hijos es vital para ellos y
para el colectivo es el ejemplo más esclarecedor
de lo desorientada que está nuestra sociedad.
Lo que es una obviedad en pueblos menos “desarrollados” tecnológicamente,
aunque más mamíferos y mucho menos adultocentristas que
nosotros, y lo que tienen muy claro en las sociedades con un estado de Bienestar
más amplio, como las nórdicas, a nosotros nos lo tienen
que explicar con infinitos estudios de conexiones
cerebrales, vínculo y comportamiento para que entendamos que
nuestros hijos necesitan nuestro tiempo y que esa es la mejor inversión,
en salud, equilibrio emocional y productividad para un Estado.
Los firmantes del manifiesto nos explican que es mejor evitar la institucionalización
de los bebés y de los niños los primeros años de
vida y se basan en varias premisas que detallan aquí :
- La figura de apego de los primeros años es
la que provee de la seguridad básica esencial
para poder explorar el mundo y establece la capacidad
de relacionarse con los demás de modo sano
- El desarrollo del cerebro depende de la calidad de
la crianza
- Los efectos negativos probados de la institucionalización
parcial o total sobre la evolución infantil
Los expertos también desmienten las creencias de que hay que “socializar” a
los bebés a los pocos meses, que el fracaso escolar se soluciona
con más horas de escolarización y que lo mejor que podemos brindar
a nuestros hijos es trabajar “de sol a sol” para poder pagar actividades
extraescolares y objetos
de consumo .
Se quejan de que la inversión pública
se centra en guarderías, hospitales, equipos
de salud mental infarto-juvenil y más psicofármacos
para la infancia, y no en apoyar y ayudar a los padres
en la crianza de sus hijos como en los países
escandinavos.
(…) Son sólo algunas de las principales
razones por las cuales la sociedad debe contribuir a
la crianza de sus jóvenes continuadores. Para
ello, resulta fundamental que se comprometa con una verdadera
conciliación de la vida laboral y familiar, ayudando
a los padres que decidan cuidar personalmente a sus hijos
a que tengan el tiempo para ello.
Los padres y los bebés de nuestras sociedades
se merecen la posibilidad de que, si las madres y padres
quieren, puedan ser ellos los principales cuidadores
de sus hijos, al menos durante los dos primeros años.
Sobre todo, teniendo en cuenta que, con los niveles
actuales de natalidad, eso sólo ocurrirá una
o dos veces en la vida.
Y demandan prolongar hasta los dos años el tiempo
de cuidado compartido por maternidad/paternidad con protección
pública para todos aquellos padres que deseen
ocuparse personalmente de sus hijos y guarderías,
para quienes las necesiten, pero con un ratio de una
persona por cada 3 ó 4 bebés (ahora
es el doble).
En este sentido podemos citar las experiencias de otros países como largas
bajas de maternidad (64 semanas en Suecia, 52 en Noruega, 50 en Dinamarca y 44
en Finlandia) y el sueldo
sustitutorio de Alemania durante 1 año (80% del total) para
el progenitor que cuide al bebé.
Felicitamos a los profesionales que han desarrollado
el manifiesto por 3 motivos:
- por llegar
a la raíz de los problemas sociales y psicológicos
actuales ,
- por demostrar que la crianza es importante aunque nuestra
sociedad sólo valore a las mujeres “externamente” y
desprestigie la invisibilidad del hogar,
- y por su valentía en desligarse de
la tendencia oficial de defender que “con un
poco tiempo de calidad” es suficiente para
los niños (véanse declaraciones
del Sr.
Estivill y Sr.
Urra -comentario 13- a este respecto).
Y no es esta la primera denuncia que hay a favor de la crianza con apego y potenciar
la conciliación laboral en España porque recordamos el vídeo “
Tiempo
para todos
” de la Comisión Nacional para la Racionalización de los
horarios,
la
campaña de las familias numerosas , las concentraciones de
la Asociación Criar con el Corazón, …
Lo que sí es novedoso es que surja del ámbito de la medicina y
psiquiatría y que hagan tanto hincapié en que la prevención
de muchos “males” empieza en casa con una base emocional
sólida y que las
soluciones no están en el Ritaline
.
Como hemos dicho en tantas ocasiones, el ejemplo y el
amor para nuestros hijos necesitan de nuestra presencia y habrá que
reivindicarlo las veces que haga falta y donde haga falta para las autoridades
lo asuman y faciliten porque la sociedad del “todo por los niños
pero sin los niños” está condenada al fracaso.
LINK AL MANIFIESTO:
http://mastiempoconloshijos.blogspot.com/
Enviános
tu opinión sobre esta nota
Volver al inicio
|